El director ejecutivo de una agencia de la ONU sobre cómo gestionarla como una empresa

Resumen.
En junio de 2018 me despertó en mi casa de Noruega mucho después de medianoche una llamada de un alto funcionario de la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York. El embajador mexicano ante la ONU había presentado una queja formal sobre la Oficina de las Naciones Unidas de Servicios para Proyectos (UNOPS), la organización que dirijo, alegando que la UNOPS se había puesto oficialmente del lado del candidato de la oposición en las próximas elecciones presidenciales de México. La queja era ridícula: Lo único que habíamos hecho era decir que sí al candidato cuando nos preguntó si le ayudaríamos con una campaña anticorrupción si salía elegido. No obstante, la queja formal creó un frenesí de prensa en México. Teníamos dos opciones: disculparnos profusamente o declarar que no habíamos hecho nada malo. Era una decisión delicada, porque nuestra reputación estaba en peligro, sobre todo si el candidato de la oposición perdía. Decidimos mantenernos firmes. El secretario general de la ONU emitió una declaración en la que reafirmaba la imparcialidad de la ONU. Un mes después, el candidato de la oposición, Andrés Manuel López Obrador, fue elegido presidente, y poco después de su toma de posesión pidió a UNOPS que le ayudara a vender el avión presidencial de México, para dar ejemplo de frugalidad gubernamental.