Hace casi diez años, un socio y yo compramos una empresa pequeña y con problemas en Cincinnati que fabricaba tubos para correo y latas compuestas, recipientes de papel resistentes con extremos metálicos. La línea de productos no había cambiado en 20 años. Los beneficios eran marginales. Los costes laborales estaban fuera de control, las definiciones de los puestos eran rígidas y las relaciones sindicales eran malas.