
Cuando tenía veintitantos años, me diagnosticaron un cáncer de estómago. Los médicos me operaron y me dijeron que esperara lo mejor. Regresé a Japón, donde trabajaba, e intenté olvidarme del asunto. Los tumores volvieron un año después, esta vez en mi hígado. Tras una larga búsqueda, los cirujanos encontraron un nuevo procedimiento para extirparlos, pero yo sabía que, una vez más, quizá sólo fuera una solución temporal. Fui un desastre durante los seis meses siguientes. La parte más dura de mi enfermedad era mi ansiedad constante ante la posibilidad de que volviera.