Resumen.
Las políticas medioambientales deben estructurarse cuidadosamente y ser predecibles si quieren mejorar la competitividad en lugar de socavarla. En este sentido, los Estados Unidos se quedan muy cortos. Su política climática, en particular, ha estado a la deriva durante las casi dos décadas transcurridas desde que los Estados Unidos ratificaron la Convención de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 1992. Sin un marco coherente para fijar los precios de las emisiones de gases de efecto invernadero, las empresas estadounidenses no han podido tomar decisiones racionales sobre las inversiones que tienen importantes implicaciones energéticas, como el gasto en fábricas, equipos y diseño de productos. Esta incertidumbre ha empañado a toda la economía de los EE. UU. Ha reducido la innovación y ha puesto a las empresas estadounidenses en grave desventaja a la hora de competir con las empresas de países donde las políticas claras han agudizado el enfoque empresarial en el despilfarro y la ineficiencia y han estimulado la innovación.