La revolución tecnológica nos ha aportado mucho: una mejora espectacular en lo que sabemos sobre los clientes y en cómo interactuamos con ellos, una información notablemente mejor para la toma de decisiones y la capacidad de trabajar en equipos virtuales repartidos por todo el mundo. Pero su legado oculto podría ser algo mucho más fundamental: ha cambiado la propia naturaleza de la forma en que trabajan las personas. Una consecuencia parece clara: el puesto clásico del directivo intermedio desaparecerá pronto.