Hace unos años, un directivo intermedio de una empresa de telecomunicaciones vino a verme con motivo de su ascenso a un puesto de alta dirección. Le llamaré Tobin Holmes (todos los nombres de los casos prácticos de este artículo han sido disimulados). Joven inglés que había estudiado clásicas en Oxford antes de graduarse entre el 5% de los mejores de su clase en el Insead, Holmes era muy inteligente. Pero temía no poder asumir las responsabilidades del nuevo trabajo.En la raíz del dilema de Holmes estaba su sospecha de que simplemente no era lo bastante bueno, y vivía con el temor de quedar en evidencia en cualquier momento.