El 11 de septiembre de 2001, en unos minutos terribles, los estadounidenses se dieron cuenta de la fragilidad de la confianza. La evidente vulnerabilidad del país ante el mortífero terrorismo sacudió nuestra fe en los sistemas en los que confiamos para nuestra seguridad. Nuestra confianza volvió a verse afectada solo un par de meses después, con la impresionante caída de Enron, lo que nos obligó a cuestionar muchos de los métodos y suposiciones en los que se basa nuestra forma de trabajar. Estas dos crisis son obviamente muy diferentes, pero ambas sirven como recordatorio de los peligros de confiar demasiado. La creencia permanente de que la confianza es una fortaleza ahora parece peligrosamente ingenua.